Sevilla, más que una ciudad, es una contradicción. En Sevilla confluyen siglos de tradiciones variopintas, de inspiraciones mutuamente excluyentes, de rasgos y de carices que se empeñan en suprimirse los unos a los otros y que en ella se manifiestan con absoluta naturalidad, sin un matiz de vergüenza. Sevilla es tan hereje como descaradamente profana, culta y llana a la vez, enigmática en esos velos con los que se emperifolla y también explícita, según se la mire y según se la quiera mirar. Sevilla, por encima de todo, se niega a ser definida, porque a ella —en última instancia—la definición la encarcela. De ahí que «Andergraun», de Álvaro Díaz del Real, sea una novela tan necesaria. Y lo es porque, en esta historia, hay espacio para muchas otras Sevillas: todas aquellas que no coinciden con la postal folclórica de turno, las que retan la simplicidad del imán en la nevera con su sempiterna Giralda, las que exigen un espacio allende la feria y las cofradías, el chiste simplón y la caricatura. «Andergraun» es, incluso en su titulo, profundamente reivindicativa. Una novela sagaz, de un humor rotundo y por momentos nostálgica, esta obra ni bebe de ninguna otra ni pretende hacerlo, porque con ser genuinamente ella misma ya tiene más que suficiente.
El retrato que Álvaro hace de aquellos años perdidos al inicio de la veintena, cuando a todo se aspira y todo se puede, me resulta entrañable. Y la manera en la que la historia avanza a través de la vida de los distintos personajes sin encariñarse en exceso con ninguno de ellos —alejándose, en ciertos puntos, para luego regresar al cauce principal de la trama— me ha convencido. Además, la aparición del andaluz como lengua es un monumento erigido frente a aquellos que, desde la más absoluta ignorancia, han pretendido históricamente desprestigiarlo.
«Andergraun» es, en definitiva, una obra valiente y sin complejos, un canto al paria, al desplazado, al que no encuentra cabida en la estructura oficial —¿y quién la encuentra?—, y un homenaje a todas aquellas escenas alternativas que se niegan a supeditarse a la liturgia establecida y que sirven para colorear y especiar nuestras sociedades. Porque, sin el diferente, sin el distinto a los demás, ¿qué seríamos? Sinceramente, nada que mereciera ser contado.