Ha salido la luna sobre el bosque de eucaliptos, y en el árbol de la familia koala ya está todo hecho: el baño, la cena, los dientes. Papá rojo se ha quedado con la rama más alta. Los hermanos medianos, naranja y morado, cierran los ojos casi a la vez. Mamá verde abre su bolsa para acurrucarse con el más pequeño. Todo en orden, todo en calma. Todo a punto de torcerse.
Porque Bebé Koala, rosa, diminuto y con los ojos como platos, tiene otros planes. Pone la música a todo volumen y se pone a bailar: las manos por arriba, la cadera por detrás, un salto, una vuelta y vuelta a empezar. Y cuando parece que ya se ha cansado, se hace una croqueta y rueda de rama en rama. Y cuando parece que ahora sí, saca una olla enorme y se pone a cocinar hojas de eucalipto y de muérdago en plena noche, hasta despertar a los vecinos.
Cada ocurrencia la recibe el mismo coro, cada vez más cansado: «¡Bebé Koala, Bebé Koala!, tienes que ir a la cama…». Ese estribillo es el corazón del libro. Vuelve una y otra vez, con ritmo de cantinela, para que los más pequeños lo anticipen, lo esperen y acaben diciéndolo contigo. Las ilustraciones de Pupé, con su noche azul tinta y sus koalas de colores de trazo grueso, hacen que cada miembro de la familia se reconozca de un vistazo, mucho antes de saber leer una sola palabra.
Si en tu casa la hora de dormir también tiene coreografía, este cuento no te pide que ganes la batalla: te invita a reírte de ella en voz alta, a imitar el baile, a probar la croqueta encima del edredón. Y a llegar juntos hasta la última página, porque Bebé Koala tiene sus razones para no querer dormir, y no son las que imaginas.