Imagina una confitería de barrio. El suelo, un damero negro y blanco que alguien lustra cada mañana. La barra, de caoba arañada por la loza de los platitos blancos. Un carrillón de viento de madera tallada que suena cuando se abre la puerta. Y, detrás del mostrador, una mujer imponente, de pelo negro azabache recogido en moño y manos pequeñas que huelen siempre a pan: Madame Bombón. Si calla, ríe; si no ríe, habla. Como un sonido perpetuo.
Lleva años haciendo el mejor hojaldre del barrio. Sirviendo café solo a don Marcial, que se sienta cada tarde en la mesa de mármol blanco con su lata roja de galletas y duerme con miedo a perder las palabras. Vendiendo bombones a las niñas del colegio. Criando a Lucita, su hija, que espera con el corazón desbocado a que llegue el repartidor de café. Escuchando, desde la buhardilla, la voz de Charles Aznavour cantando La bohème: allí vive la Francesita, una joven misteriosa que bebe champán por las noches y recibe cartas selladas en París.
Madame Bombón ha construido un mundo. Y ese mundo, hasta hoy, funcionaba.
Pero las confiterías de barrio son así: parecen sitios donde no pasa nada y en realidad pasa todo. Un día, alguien llama a la puerta de cristal con molduras doradas y el equilibrio se quiebra. Otro día, alguien deja una nota pegada al espejo y se va sin avisar. Y entonces los parroquianos más fieles de la confitería —don Marcial, Pruden con su matrimonio de veinte años, Lucita y sus silencios— se convierten en una brigada de investigación tan entrañable como ineficaz, decidida a descubrir lo que nadie quería ver. Porque los secretos mejor guardados son los que uno mismo intenta olvidar.
Sonia Arias de la Cruz ha escrito una novela que se puede oler y saborear. Una historia coral en la que el humor es el lenguaje que se inventan los personajes para no romperse del todo y donde, debajo de cada carcajada, espera una grieta. Si te gustó Amélie, si has leído a Almudena Grandes, si crees que las novelas en las que parece que no pasa nada son las que más te atraviesan por dentro, La confitería de Madame Bombón es una invitación. Entra, siéntate en la mesa del fondo. Pide algo dulce. Quédate.