Y bailar…, así se nos caiga la casa encima, así se nos desprenda la piel de los pies. Bailar como antídoto de esa grisura con la que nos entuerta la vida, para reivindicar nuestro derecho a sufrir y, muy a su pesar, sobrevivir. Porque «La vida es un fandango», de Begoña García Martínez, es un canto a la imperfección humana, el diario de una poeta dolida, pero dispuesta a trascender el dolor. En este compendio de experiencias, de anhelos y confesiones, Begoña desnuda su vulnerabilidad, y justo en ella reside su entereza. Nos narra la tristeza consustancial al abandono, la duda que nace del amor en ciernes, también la añoranza. Su poesía es ágil, moderna, sincera, y consigue emocionarnos sin necesidad de artificios, prescindiendo de esa torpeza cuadriculada del poema al uso, fluyendo con la naturalidad de esa misma música a la que se remite en tantas ocasiones.
La edición de Durii es, como acostumbra, de una coherencia absoluta, y refleja el espíritu rebelde y vivaz de este poemario en su portada, en las preciosas fotografías en blanco y negro que ritman el libro, también en las citas a canciones de La Bien Querida, Fuel Fandango, Pink Floyd o La Otra, convirtiendo a «La vida es un fandango» en el compañero ideal para todos aquellos a los que la vida hiriere y hiere, sí, pero no derrota. Todavía no.
«Se trata de palabras que nunca me atreví a decirte», nos cuenta Begoña, «porque son los versos que nunca debieron existir. Y esto es un intento de perdón hacia mí misma, porque es ahí donde empiezan todos los perdones». Con esta misma clarividencia nos invita la autora a su intimidad sin ocultarse, sin necesidad de dulcificar la cicatriz, responsabilizándose de sus miedos y haciendo las paces con sus tormentos. Y eso es exactamente lo que debemos pedirle siempre a la poesía: sensibilidad y verdad. En «La vida es un fandango» se nos regalan ambas a manos llenas.