Publicar una novela en 2026 ya es un acto de fe. Publicar 450 páginas de sátira con aristocracia en ruinas y una protagonista con parche en el ojo es, directamente, un problema de autoestima resuelto de la mejor manera posible.
En un mercado editorial que premia la autobiografía emocional y el ensayo de autoayuda con citas de Seneca, Juan Loste ha tenido la desfachatez de escribir una novela con mundo propio, mala leche calibrada y una familia venida a menos que da para mucho más que la nostalgia.
Los Cervina sobreviven en el Madrid de los Austrias con lo de siempre: palacete neogótico que se cae a pedazos, título comprado en tiempos de Alfonso XIII y una economía que ya no da ni para mantener la ficción. Lo nuevo es un cuadro que podría valer millones y salvarles el linaje, o al menos el tejado.
La trama tiene ese pulso de comedia de enredo con fondo oscuro que la literatura española maneja bien cuando se lo propone y que últimamente se lo propone poco, demasiado ocupada en mirarse el ombligo con lupa de aumento.
Pero la verdadera apuesta está en la narradora. No la heredera ideal ni la niña mona del retrato familiar, sino justo la otra: la incómoda, la que escucha más de la cuenta, la que toma notas en una Moleskine negra y lleva toda la vida entendiendo que en las buenas familias, como en las malas, lo importante no es lo que se dice sino lo que se tapa, y lo que se tapa con tanto esmero que ya casi huele.
Loste sabe perfectamente lo que hace poniéndola a ella a hablar. Aquí hay ultraderecha de salón, postureo ideológico, arte, criptos, secreto familiar y ese desconcierto tan español de no saber si estamos en un esperpento o en el telediario. Todo eso con humor negro del bueno y una voz que no se pasa de lista, que es exactamente por donde muchas sátiras se despeñan.
Juan es amigo mío, que conste. Pero eso no es el motivo. El motivo es que la novela española necesita con urgencia voces que miren la realidad con ironía, que tengan criterio propio y que no pidan perdón por tenerlo. Cuando aparece una así, lo mínimo es decirlo. Lo demás es literatura, en el mejor sentido posible.