Somatizando es un libro con el que me he reído muchísimo, hasta el punto de soltar carcajadas en el metro y notar a la gente mirándome raro.
La historia sigue a Hugo en su llegada a Madrid, perdido, intentando encontrarse a sí mismo mientras enlaza citas desastrosas, noches eternas, dramas emocionales y una búsqueda constante de algo que ni él mismo sabe definir. Pero más allá de las apps, el sexo o las situaciones caóticas, el corazón del libro está en otra parte, en la amistad.
De verdad, una de las cosas más bonitas de Somatizando es la relación entre los personajes. Esa sensación de familia elegida, de sobrevivir juntos a los veinte, a Madrid y a uno mismo. Leyéndolo he pensado muchísimo en una especie de Friends o Sexo en Nueva York versión madrileña, con personajes imperfectos, divertidísimos y tremendamente humanos.
También me ha encantado la forma en la que está escrito. Los diálogos tienen estructura casi de guion teatral, algo que hace que todo sea súper dinámico, muy fácil de seguir y muy natural. Las conversaciones fluyen tan bien que muchas veces parece que estás viendo una serie más que leyendo una novela.
Y otro detalle que he disfrutado muchísimo son las pequeñas explicaciones de términos que aparecen entre capítulos, casi como si fueran entradas de un diccionario. Me parecieron divertidísimas y además ayudan a construir todavía más el tono tan particular del libro.
Pero lo mejor de todo es que, debajo del humor y de las situaciones absurdas, hay muchísimo cariño por sus personajes. Somatizando habla de sentirse perdido, de intentar llenar vacíos, de querer ser querido y de cómo, a veces, las personas que terminan salvándote no son las que esperabas encontrar.
Es una lectura ligera, adictiva y muy divertida, pero también una historia con muchísimo corazón.