Hugo llega a Madrid con veinticuatro años, tres maletas y Tinder recién instalado en el móvil. Lo recibe un piso con la iluminación de una película de Zack Snyder, un máster de guion lleno de herederos que no han pisado un Mercadona en su vida y tres compañeras que él no ha elegido: una vasca con una novia perfecta que empieza a hacer crujidos, una colombiana con dos gatos llamados Avena y Espelta que tramita papeles y arrastra un ex demasiado mayor, y una valenciana con cara de fascista que con el tiempo —y unos cuantos gin-tonics— va a resultar bastante más interesante que sus fotos de las Maldivas.
Hay también una pensión de orfandad. Su padre fue artillero de la Armada española, y la ironía de que sea el ejército quien financia ahora la vida de un gay en Madrid no se le escapa a Hugo, que la convierte en chiste antes de dejar que se convierta en duelo. Y hay, sobre todo, una obsesión muy trabajada por encontrar a alguien —cualquiera— que venga a llenar el vacío que él todavía no sabe nombrar.
Lo que sigue es un año contado en somatizaciones: citas que terminan en arcadas, sexos mediocres convertidos en epopeyas para la sobremesa del día siguiente, cañas en terrazas baratas que duran hasta las tres de la madrugada, y una colección de hombres a los que Hugo se niega a poner nombre real —El Toreto, El Dire, El Gorras— porque sabe, en algún rincón honesto de sí mismo, que no van a quedarse. Las que sí tienen nombre son ellas. Y eso, aunque Hugo todavía no lo haya entendido, ya es una respuesta.
David Canto escribe con el oído de un guionista —sus diálogos vienen de ahí, y se nota— y la ternura sin azúcar de quien ha vivido lo que cuenta. Somatizando es una comedia. También es una declaración: hay formas de amor que no aparecen en las apps, y son las que duran.
Si has reído sola en el metro leyendo un mensaje, si alguna vez le has mandado a tu grupo de amigas un capítulo entero diciendo esto soy yo, este libro es exactamente para ti.