Paco Lavetusta duerme como un bendito, abrazado a la almohada, cuando suena el teléfono. Al otro lado, el director de Conmoción —uno de esos semanarios de quiosco que ya no existen— le grita la noticia del año: el arzobispo de Madrid ha aparecido muerto en su propio piso, con una mitra papal en la cabeza y un atuendo que no figura en ningún misal. Ya hay un detenido, un chapero al que en el ambiente llaman Manos. Y hay un periodista de cuarenta y cinco años que se ducha a toda prisa porque lleva media vida en esto y algo le dice que la historia no es la que parece.
Lo que empieza como un escándalo de portada se convierte en un recorrido por el Madrid gay de los noventa tal y como fue: sus bares y sus saunas, las tabernas vascas donde se arregla el mundo a golpe de pintxo, los estudios de artistas que no caben en ninguna galería, las redacciones a punto de reventar. Lavetusta no investiga solo. Le acompañan su fotógrafo, Wally; una corresponsal alemana, Barbara Platsch; un agente de chaperos conocido como Pepe el Cojo; un mejor amigo que es también su rival en la cama de los demás; drag queens, monjas enamoradas y un abogado al que todo el mundo llama Lola Penales.
Porque el arzobispo Roca Valente, que en público encabezaba manifestaciones contra el divorcio, el aborto y la homosexualidad, guardaba en privado una vida que merecería su propio libreto de ópera. Ricardo Lorenzo la cuenta con una erudición gamberra que mezcla a Cervantes con el flamenco, a Billy Wilder con los boleros y declaraciones reales de obispos españoles con la ficción más desatada, sin avisar nunca de dónde termina una cosa y empieza la otra. Y por debajo del descaro late algo más tierno: un periodista que duerme poco, quiere mucho, comparte casa con sus gatas y se reencuentra con un antiguo amante, punki y lector devoto del Quijote, al que la vida no ha tratado bien.
Si alguna vez rezaste en un banco de iglesia pensando en otra cosa, si sabes lo que era Chueca antes de salir en las guías o si estás cansado de que la literatura gay confunda profundidad con desgracia, este taxi te espera con la luz verde encendida. Súbete: Madrid no duerme, el taxímetro corre y aquí nadie piensa pedir perdón.