«Irma, o esa persistente calle de París» es un largometraje en blanco y negro que hermosea una paleta indescriptible de emociones. Luis Miguel Morales demuestra una valentía poco habitual para confeccionar una historia que se aleja de los cánones frecuentes de la literatura, que prescinde del traje asfixiante con el que a veces se emperifollan las novelas y que, tal como él mismo recuerda en ocasiones, presenta desnudos a sus personajes para que sea el lector quien se atreva, o no, a juzgarlos. París actúa en esta obra como el decorado inamovible sobre el escenario, y sus calles, sus recovecos y sus cafés se erigen en la forma de un personaje más, quizá uno de los más importantes. La influencia del cine es tal que, de manera muy lúcida, el autor logra cautivar al lector con este giro constante de la trama y esa referencia frecuente al séptimo arte, hasta el punto de que, por momentos, no sabe bien dónde se sitúan los límites de la realidad. ¿Quién decide qué es cierto y qué es ficción? En «Irma», esa frontera ni siquiera existe. La novela cuestiona el valor del amor en una sociedad hipertecnológica, pero no se detiene ahí. Profundiza, además, sobre la soledad del individuo, el miedo al cambio, la dependencia de aquellos contextos que conocemos bien, pero también describe con auténtica brillantez la esclavitud que supone para el artista su arte y la obsesión que, como consecuencia, puede a veces surgir. ¿Quién decide la historia: la autora o el personaje? ¿Quién depende de quién? Puede que ambos se necesiten irremediablemente.
,«Irma, o esa persistente calle de París» es un trabajo inteligente, sumamente original y trasgresor que seducirá a los que esperan de la literatura algo mucho más sofisticado que un mero entretenimiento. La complejidad de sus personajes —y esa batalla íntima que libran a diario— conmina al lector a un ejercicio sincero de introspección. Con una prosa certera, agilísima y muy hábil, Luis Miguel Morales demuestra que el género novelesco es mucho más flexible de lo que podríamos imaginar. La edición de Durii —desde esa preciosa portada que enamora con solo mirarla hasta la maquetación— es una vez más impecable.
,En definitiva, «Irma, o esa persistente calle de París» es como aquella película de antaño a la que desea uno entregarse una y otra vez, tan cálida y acogedora, aun a riesgo de descubrir que, no habiendo cambiado en ella una sola escena, habremos de ser nosotros los que tristemente hayamos cambiado.